Si te asusta te lo alquilo.
En un pueblo gigante, donde las calles no terminaban de serpentearse las unas con las otras formando cruces donde cada esquina chillaba a gritos los secretos del viento que intentaba escapar de tal laberinto empedrado, existía un pequeño local escondido entre una panadería sin pan y una barbería sin barbas.
El cartel, colgado de un lado, oxidado y polvoriento, decía:
"Se alquilan miedos. Por horas o a largo plazo."
Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí ni quién lo regentaba. Algunos decían que siempre había estado. Otros, que solo aparecía cuando alguien lo necesitaba. Pero nadie se veía entrar, y mucho menos salir.
Un día, un joven curioso empujó la puerta… sonó al abrirse como un lamento envejecido.
Dentro, el aire denso, todo parecía pesar más. Detrás del mostrador, un anciano de ojos hendidos y manos anchas y cortas lo esperaba.
—¿Vienes a alquilar uno? —preguntó, sin levantar la voz.
—¿Cómo funciona esto? —respondió el joven.
—Como siempre.
— ¿Y eso cómo es?
— Puedes alquilar un miedo pequeño, que solo incomode de vez en cuando, o un miedo grande, de esos que te visitan antes de dormir. Pagas según la intensidad y la duración.
—¿Y si no quiero tener miedo?
El anciano le miró como si tal cosa.
Silencio.
El joven quiso seguir jugando y, por pura curiosidad, decidió alquilar uno barato:
"miedo a equivocarse en público."
Esa misma tarde, al intentar pedir un café en la plaza, su lengua se le enredó, las manos comenzaron a sudar, y acabó marchándose tembloroso sin pedir nada.
Asustado se fue calle abajo mientras se sentía observado por la mirada de nadie.
Regresó furioso a la tiendita del anciano al día siguiente.
—¡Esto es una trampa!
—¿Por qué?
—¡Esto ya lo sentía antes pero ahora me bloquea!
—Puede ser —dijo el anciano—. Yo no invento los miedos. Solo cobro por ellos.
El joven se giró y, desde la puerta, se fijó en la vida del pueblo.
Las personas caminaban arrastrando sombras. Algunas eran delgadas y grises, otras enormes y negras como pozos. Algunas personas cargaban tres o cuatro… bien agarradas encima de hombros robados, como gárgolas en la esquinas de una catedral.
—¿Por qué las llevan? —preguntó.
— Porque vienen, las alquilan y se les olvida devolverlas —respondió el anciano.
— ¿Al devolverlas desaparecen?
— Aquí no aceptamos devoluciones.
—¿Entonces?
El viejo dio media vuelta y volvió al almacén. Cada paso parecía un puñetazo en el tiempo.
Olía a madera húmeda y hacía frío.
El joven salió confundido y empezó a sentir un picor en la espalda.
Se rascaba y rascaba pero el picor se movía y cada vez era más difícil llegar al punto.
Buscó un palo por el suelo.
El picor se convirtió en ardor.
Buscaba acertar con el palo retorciéndose en medio de la calle pero no era suficiente.
Seguía ahí.
Se miró en un reflejo… y vio como una sombra se agarraba a su cuello por detrás como una bufanda pegajosa.
Volvió al día siguiente.
—¡Quiero devolverla!
El anciano negó con la cabeza.
—Yo no acepto devoluciones. Las sombras se sueltan cuando dejas de creer que te pertenecen.
El joven se apoyó en el mostrador, acercándose al anciano, estirando los brazos hacia él:
—¡Déjame ver!
—¡Qué haces!
—Quiero ver como es tu sombra…
El anciano suspiró.
—Está bien — y se giró.
El joven no vio nada. Ni sombra, ni peso, ni marca. Solo una espalda limpia.
—No hay nada. No tienes ninguna sombra.
El anciano sonrió.
—Nunca alquilé ninguna. Solo vendí la idea de que existían.
El joven se quedó paralizado. Miró su sombra. La tocó.
Seguía ahí pero más ligera.
El anciano añadió: —El miedo es un negocio que solo funciona mientras alguien crea en él.
Y sin decir más, volvió al interior de la tienda.
El joven salió.
Y mientras caminaba, su sombra se deshacía poco a poco contra la luz de la tarde.
Sin saberlo, había dejado de cargar con una historia que sólo existió cuando decidió creer en ella.
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