Pequeñas Miserias.
Me contaron de un lugar dónde se va a sacar la llorera que cada cual lleve dentro.
Un sótano sin ventanas, con luz que parpadea y olor a impresora vieja.
Se entra sin pedir permiso y mucho menos cita, con tan solo cargar un poco de más el alma eres bienvenido.
Allí, detrás de un cristal blindado, un hombre sin emociones ni esperanza te recibe y está preparado para las quejas que necesites vomitar.
Nada de grandes tragedias, injusticias, traiciones o engaños…
“Quejitas” que le hagan a uno sentir miserable.
Pequeñas e insignificantes miserias que pueda clavarse uno a sí mismo en la espalda con la mano diestra.
Si te cuelas ahora mismo por un agujerito en ese sótano verás entrar a un tipo con la vida en modo avión.
Y al otro lado de la ventanilla a un funcionario enmohecido víctima de su propio sueño de funcionario que ha sido entrenado para responderte sin interés, empatía o emoción alguna.
Las suelas de goma se le pegan y despegan en cada pisada hasta acercarse al mostrador.
—Buenos días. Esta mañana me he hecho el café con leche de avena... y estaba casi caducada. La compre hace 1 semana y ahora que acabo de abrirla veo que caduca la semana que viene… ¿cómo nos pueden timar así?
—El que revisa fechas, vive más lento. - responde el tipo de la ventanilla.
—Después he encendido la tele para olvidarlo y todas las plataformas me recomendaron cosas que no me apetecían. ¿Sabe lo duro que puede ser sentirse incomprendido por un algoritmo al que le has dedicado tanto tiempo?
—Quien deja que lo conozca Netflix, no sabe quién es. - le devolvió el funcionario.
—Intenté desayunar viendo vídeos en YouTube y me saltaron cinco anuncios seguidos. Cinco. ¡Uno era de 30 segundos sin opción a saltar!
—La libertad tiene precio. Y el precio de la libertad hoy no tiene valor.
—En la ducha, el agua tardó 15 segundos en salir caliente. He contado. Quince. Ahí, esperando, como un animal primitivo… viendo desperdiciar todo ese agua…
—El que quiere agua templada, que se moje de paciencia contando.
—Al salir, no encontraba el cargador del portátil. Todos los cables que aparecían en el cajón no eran compatibles... Es desesperante que cambien los cables cada 2 años…
—No saber encontrar lo que necesitas le puede hacer a uno perderse en la búsqueda.
—Pedí comida a domicilio, se equivocó de dirección el repartidor y me llegó el curry frío… Odio recalentar…
—Quien delega el fuego, no controla el calor.
—Y en Twitter nadie me respondió a un tuit brillante que publiqué ayer. ¿Qué, acaso soy invisible?.
—El silencio digital es el nuevo espejo.
—Estoy desbordado. El mundo se va a la mierda…
—La comodidad mal digerida da acidez de alma.
El funcionario suspira y abre un cajón a cámara lenta. Cada movimiento se puede reducir lo suficiente en el tiempo para que antes termine la jornada. Eso lo aprendió la primera semana de trabajo.
No hay nada que no se pueda alargar para acercarle a uno así, lo antes posible, cada día, a la hora de huída.
Saca un sobre. Lo deja sobre el mostrador.
—¿Qué es esto?
—Un panfleto. Se entrega cuando uno empieza a confundir el confort con el castigo.
El tipo abre el sobre con una mezcla de expectativa y resignación. Dentro hay:
- Una tarjeta de embarque usada con destino a “Realidad”. Fecha: ayer.
- Un ticket de supermercado con solo dos líneas: pan duro y aire sucio.
- Un recorte de periódico amarillento con el titular:“Millones de personas sobreviven cada día sin saber cómo.”
- Y una nota escrita con letra de funcionario hastiado:
“Si tu tragedia cabe en una story, no es tragedia. Si tu hambre es de validación, no tienes hambre. Si tu vida es tan cómoda que te hace infeliz… felicidades: estás en el primer mundo.”
El tipo se queda quieto, como si le hubieran escupido en el alma y luego la hubieran planchado.
Estirando en sus extrañas las babas calientes de otro.
Mira al funcionario.
—¿Esto es… una especie de castigo?
—Esto es un panfleto común para los tantos como usted que vienen cada día...
—¿Y ya está?¿No tiene fin?
—El fin es que no vuelva... Aunque sea porque no en encuentre un uber con suficiente valoración disponible para traerle...
—Eso me ha pasado, y no hay nada peor que no encontrar un conductor con al menos un mínimo de 4.4... es horrible.
—Pues eso. Y si la desgracia persiste y esta noche el streaming no funciona en 4k no dude en volver. Le podemos atender de urgencia.
Una luz parpadea en el techo. La megafonía comienza con un aviso:
“Gracias por visitar la Ventanilla de las Pequeñas Miserias. Si después de esto sigue sintiendo lástima por sí mismo, pruebe a mirar por la ventana. Si eso no basta… bájese de dónde crea que esté subido.”
Se guarda el sobre en la mochila, las manos en los bolsillos y se marcha.
La megafonía le acompaña hasta la puerta:
“Gracias por confiar en nuestra institución. Recuerde: si le duele la vida sin razón, es que la está moviendo mal.”
Fin.
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