Los Inquietos.
Un día, en una ruta con la bici perdí un poco la noción del tiempo.
Estaba tan en lo mío, que no recuerdo cómo llegué a ese Pueblo.
Un pueblo sin relojes porque no había modo de entender cómo bailaban los días entre sus calles.
Sin calendarios, sin alarmas, sin ninguna forma de medir los días como hacemos tú y yo.
Allí la gente no envejecía por el paso del tiempo. Envejecían solo cuando dejaban de crear, de inventar.
El carpintero más viejo del pueblo tenía 102 años y las manos de un chaval de veinte.
Cada día se volvía loco con algo nuevo.
Construía bicicletas con velas desplegables para el viento, sillas que se hacían invisibles los lunes para que nadie se sentara al comienzo de la semana y mesas que contaban historias de quién en ellas comieron cuando alguien ponía sus manos sobre ellas.
La panadera preparaba bizcochos que al comerlos, te hacían reír hasta caerte al suelo.
Y la costurera tejía mantas que, cuando te tapabas con ellas, te contaban historias al oído. Historias que solo entendías tú. De aventuras pendientes de vivir.
Todo el pueblo funcionaba así.
Crear o envejecer.
Imaginar o encanecer.
Pero también estaban los otros.
Los que un día dejaron de inventar, de creer.
Se quedaron quietos. Dejaron de probar, de equivocarse, de hacer el tonto.
Les veías sentados en los bancos de la plaza, con la mirada perdida, encorvados, encogidos… Intentando descifrar que pasaba con el resto, con "los inquietos".
¿Por qué ellos no envecían?
Así los llamaban: "Los inquietos".
A los que seguían jugando, construyendo, fallando y volviendo a empezar.
Allí entendí algo que hasta entonces ni siquiera resbalaba sobre el paraguas de mi atención:
El tiempo no existe en un reloj. El tiempo es el miedo que te hace parar.
Los viejos de verdad no eran los que antes nacieron, todo lo contrario, los viejos eran los que habían renunciado al juego.
Desde que salí de aquel pueblo, me prometí no dejar de inventar, aunque a veces lo que salga sea un disparate.
Un proyecto, un viaje, un texto, una locura nueva.
A veces funciona, a veces no…
Pero cada vez que creo algo, siento que le pego una patada en las pelotas al tiempo. Y si a alguien le sirve de algún modo, es que la patada ha sido más fuerte y el tiempo se queda un buen rato agachado sujetándose sus partes, retorciéndose de dolor.
Ahora lo sé.
La creatividad es la pócima secreta de los locos, la medicina que mantiene vivos a los viejos y el antídoto para no oxidarse.
Mi mensaje para ti hoy es…
Hoy no te pido que crees algo valioso, ni siquiera algo útil.
Solo que no permitas que ninguna hora pase sin más, viendo como cruza el día delante tuyo.
Inventa algo.
Aunque sea absurdo. Aunque solo lo entiendas tú. Aunque solo te haga reir. Aunque no se lo cuentes a nadie.
Que no se te pudran las ganas.
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