Como una piedra lanzada a un pozo.
Durante años, cada vez que abría una red social, él estaba ahí.
Listo para recibir.
No recordaba cómo había llegado a ser "ese".
Al principio todo el mundo parecía quererle, admirarle, imitarle... parecía un icono.
Pero ahora, todo el mundo volcaba su odio contra él.
Se había convertido en un cubo donde vomitar... para descargar la rutina, lo que te aguantas durante el día, lo que sabes que ya no podrás hacer...
Podrían haberle olvidado, pero el seguía insistiendo en intentar recuperar aquel cariño y no se daba cuenta que cada vez cavaba más hondo.
Le habían convertido en un saco.
Un blanco.
Una figura que servía para canalizar el odio de los demás.
Al principio se defendía. Respondía. Argumentaba.
Después, lo convertía en broma y se animaba con cualquier cosa.
Luego se convirtió en silencio.
Y finalmente, en rutina.
Lo aceptó. Encontró también motivación en ese papel. Y se justificó.
“Es que les jode lo que digo, por eso me atacan”.
“Si te odian, es porque estás haciendo algo bien”.
“Lo mío es demasiado real para ellos”.
"Me envidian".
Y más frases vacías que se repetía cada dia.
A cada comentario con veneno, él respondía con frases de calendario.
“Paz para todos”.
“Yo os amo igual”.
“Cuando duele, es que estás creciendo”.
Era un punching ball emocional.
El muñeco de entrenamiento de los demás.
Pero el lo agradecía.
“Me necesitan”, se decía.
“Soy su desahogo”.
Encontró incluso un propósito.
Hasta que un día, en un parque, un niño lo reconoció.
Demasiado pequeño como para tener redes sociales.
Demasiado mayor para no enterarse de lo que pasa en ellas.
—¿Tú eres el que todos insultan, no?
—Bueno… a veces, sí.
—¿Y no te molesta?
—Me he acostumbrado.
—Entonces no te duele.
—No.
El niño se quedó un segundo en silencio, mirándole con los ojos clavados.
—Mi padre dice que insultarte es como entrenar. Que si lo haces muchas veces, ya no me temblará la voz cuando me tenga que enfrentar a alguien en persona.
Él tragó saliva.
—¿Y tú también quieres entrenar?
—No lo sé, mis amigos dicen que si no lo hago soy invisible.
—¿Y eso te molesta?
—Prefiero ser cruel que invisible.
Dio media vuelta y se marchó con el resto de niños.
Y él se quedó allí escuchando el eco, como una piedra rebotando en las paredes de un pozo.
"mejor ser cruel que invisible"...
Durante todos estos años, el había luchado por lo mismo, por no ser invisible.
Prefería ser apaleado, que invisible...
¿Por qué tenía tanto miedo a ser invisible?
¿Por qué era capaz de cualquier cosa antes de ser ignorado?
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Esto es un relato inspirado en una persona que he conocido recientemente y que me ha despertado la curiosidad sobre la obsesión (muchas veces irracional) que se puede llegar a tener por no dejar de ser visible.
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