72 horas. Parte 2.
—¿Cuánto falta Marco?
—¿Tienes prisa?
—Solo curiosidad. Y un poco de hambre. Pero más curiosidad que hambre, y eso ya es raro en mí.
—A dos curvas.
—¿Y no vas a decir nada hasta que lleguemos?
Silencio
—¿Marco? ¿Que soy, un extra en esta peli que te estás inventando hoy?
— Juan, yo no quería volver…
— Ui… un poco demasiado serio de repente ¿no?
— ¿Te acuerdas cuando estuve cruzando Japón en bici?
— Claro Marco, me has hablado de ello mil viernes…
— Pues los Japoneses tienen un dicho: “Sawaranu kami ni tatari nashi”
— Que significa…
— “A los dioses que no tocas, no te maldicen”
— Y dónde te metes tú en tus viajes Marco para llegar a esas cosas… porque yo no paso del hola y gracias en los míos…
— Eso fué en un izakaya, una noche que me perdí… un día largo con varios pinchazos en los que intentaba llegar a un bosque sagrado pero por lo que fuera no había modo de llegar a él y acabé en una de esas tabernas Japonesas llenas de humo y personajes en silencio…
Uno me preguntó donde me dirigía, le respondí y me contestó eso…
— “A los dioses que no tocas, no te maldicen”… bueno, a mi no me asustas Marco.
— No lo intento.
— Desde luego este viernes lo recordaremos toda la vida.
— Espero que no.
— Mira, me estás rayando un poco… baja el “nivel de misterio un par de puntos porfa”.
— Ya estamos.
— La valla! tal y como dijiste!
Los 2 paran delante del agujero abierto en la valla que se instaló para evitar que nadie se metiera dentro del túnel cuando empezaron los derrumbes.
— Tiene el mismo agujero que se supone “no cruzaste”… Entremos.
— Juan.
— Vamos!
Entran en el túnel.
— Huele raro, como si faltara oxígeno…
— Sí.
— Marco… ¿estuviste aquí si o no?
— Estuve.
— ¿Y qué parte te inventaste de la historia?
— Qué parte no te conté de la historia…
— Hostias! has oído eso?
— Sí
— Viene del túnel, vamos.
— Juan…
—¿Qué?
—Para un segundo.
—¿Lo has oído tú también?
—Sí, pero escúchame. No al túnel. A mí.
—Vale. Pero suéltame el brazo y date prisa, porque esto empieza a darme mal rollo del bueno…
—No te lo conté todo… Fui detrás de él. Crucé el túnel. Llegué al otro lado.
—¿Detrás del “viejosopa”?
—Sí…
—¿Y?
—Salí al otro lado del túnel.
—¿Está abierto?
—Está abierto.
—Bien, entonces podremos volver a llegar al valle sin tener que rodear 60km…
—No Juan, al otro lado hay otro lugar. Un mundo roto. Silencioso. Como si hubiera estallado una guerra que nadie ganó.
No queda nada. Ni señales. Ni caminos. Solo ruinas. Está todo destrozado… hay mucho humo… parece otro planeta.
—¿Y él, se quedó allí?
—Me dijo:
“Puedes volver y ver cómo todo se derrumba, perderlo todo… o quedarte y empezar sin arrastrar lo que ya no sirve.”
—Y volviste…
—Sí… pero allí me sentí bien, misteriosamente bien. Como si algo me hubiera quitado un peso de encima. Antes de marcharse en medio de la montaña me dijo que no podría evitarlo, que pasaría de igual modo.
—¿Y si entro?
—Entonces, cuando llegues al otro lado… No estoy seguro que quieras volver
—Pero si acabas de decir que no hay nada, que está todo destruído…
— Eso es lo que vi yo.
— ¿Y crees que yo veré otra cosa?
— No lo sé…
— Marco, en serio, no sé que mierdas haces trabajando en esa tienda de bicis, deberías ser guionista de cine macho…
— Juan… piénsatelo.
— Ya está decidido…
Marco se queda inmóvil mientras ve la figura de su amigo desvanecerse lentamente a través de la oscuridad del túnel.
Mira el Karoo… 4 horas de actividad, 1:30 en movimiento.
Ya es medio día.
Se aparte del túnel, da marcha atrás y se sienta en un banco de piedra olvidado cerca de la valla. Apoya la bici y pega un par de tragos al bidón.
Escucha el silbido del viento al salir del túnel. La valla se mece y mira su bici…
¿Qué hace Marco?
¿Espera a Juan, se olvida y vuelve a casa o cruza al otro lado en busca de su amigo?
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