72 horas. Final.
Marco estiró los brazos mientras con los ojos cerrados respiraba profundo levantando el mentón al sol... terminó de masticar la barrita que estaba comiendo y agarró la bici.
Entró en el túnel.
La misma oscuridad de siempre.
Dentro, el aire pesaba cada vez más según avanzaba, como las otras veces.
No veía nada, pero no necesitaba ver.
Conocía ese trayecto perfectamente.
Lo había hecho cientos de veces.
Llegó al otro lado del túnel,
Aire limpio, olor a hojas nuevas que se abren paso a través de la tierra mojada.
La luz mucho más intensa a ese lado del túnel, como el resto de las veces.
Miró al cielo.
Azul.
Ni una sola nube.
En frente el valle, y a la derecha el sendero blanco que él mismo construyó hace ya un tiempo y tantas ruedas lo han pisado.
En la entrada del sendero, un cartel tallado a mano recibe a cada ciclista con una señal indicando la entrada:
"Marco’s path"
Marco pedalea en silencio el sendero, durante kilómetros.
Todo esta en su sitio.
La curva del río.
Los helechos enormes.
El canto del bosque que acompaña el crujido de sus neumáticos contra la grava.
Y al final, la cabaña.
Que el mismo levantó hace años.
Empuja la puerta.
Entra.
La radio está sonando.
Una emisora está recibiendo un mensaje en bucle.
Un mensaje con la voz de Juan.
—Marco… si escuchas esto, si estás ahí… joder, necesito que vengas. Algo aquí no va bien. El tiempo no es solo distinto. Está roto. Hay días que no puedo moverme.
Hay otros en los que me despierto en sitios distintos. Hay otros como yo... Pero no se acuerdan de nada. No saben quiénes son. Solo sonríen. Y construyen cosas. Sin parar.
Como si alguien les hubiera lavado el cerebro. Si estás ahí… por favor. Ven a buscarme, llévame de vuelta. No me dejes aquí. No me dejes... no sé cuanto podré aguantar esto...
Clic.
El mensaje se reinicia.
Marco no pestañea.
Se acerca.
Cambia la frecuencia de la radio.
El mensaje ya no existe.
Saca una pequeña llave de su bolsillo, abre el candado de un cajón donde hay decenas de cintas grabadas...
Elige una. Todas son iguales. Todas contienen el mismo mensaje que grabó y duplicó decenas de veces.
Saca un post-it amarillo.
Escribe con su letra pequeña, redonda, apacible:
"Si has llegado hasta aquí, es porque te necesitamos, es importante que sigas. Reproduce esta cinta y sigue las instrucciones"
Pega el papel sobre la carcasa y deja la cinta sobre la mesa.
Sale de la cabaña.
Mira el cielo.
Respira hondo de nuevo.
Vuelve a cruzar el túnel de vuelta.
Y esa misma tarde, desde el porche de su casa, coge el móvil y hace una llamada:
—Ey Lucas, ¿estás libre este viernes?
—Sí. ¿Por?
—¿Montamos? Te quiero enseñar un sitio.
—¿Qué sitio?
—Te cuento el viernes.
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