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Una carta desde Strade Bianche

Josu Alberdi es mi fotógrafo.

Mío, con ese atributo de propiedad que se rompe en cuanto lo usas, porque si algo es este tipo, es libre. Y de “mío” o de “alguien” tiene bien poco.

Pero digo mío porque todas las fotos que veas de nuestro proyecto son suyas.

Y me dijo que se marchaba a la Strade Bianche, y le dije… escríbeme una carta.

La carta:


Fred,

Las cartas se han perdido entre la tecnología y el tiempo. Quizá por eso me apetecía escribir una. Y porque el viaje a Strade Bianche me ha regalado algo que merece ser contado con algo más de pausa que la que permiten los mensajes.

He tenido a mis ídolos a medio metro.

Campeones nacionales. Campeones del mundo. Un mareo de brazaletes que anuncian de dónde vienen y qué han ganado. Las franjas arcoíris del campeón del mundo. Cascos Red Bull que, en ese ecosistema, funcionan casi como una corona.

Pero había tantos…

Tantos símbolos de excelencia reunidos que, por momentos, la excelencia misma parecía diluirse. Entre los gritos indiscriminados de los fans a cualquiera que pareciera tener más probabilidades de firmar algo. Entre cámaras levantadas, manos extendidas y nombres gritados al aire.

Y uno termina preguntándose si ellos mismos se sienten tan especiales cuando alrededor hay tantos otros que también lo son, o lo son diferente.

Cabe mencionar también la gente de fuera.

Familias enteras en mitad de las colinas de la Toscana. Vestidos con maillots retro o actuales; algunos perfectamente coordinados, otros con esa mezcla improvisada que solo se permite quien lleva años viviendo la cultura ciclista.

Mantas en el césped.

Música.

Comida compartida.

Y ese juego caprichoso entre el sol y las nubes, que convertía mi empeño por fotografiar cada instante en un pequeño desafío.

Había un equilibrio extraño entre excitación y serenidad. Como si todo el mundo supiera que algo grande iba a pasar, pero sin ninguna prisa por que ocurriera.

Los organizadores eran claramente locales, y eso se notaba. No solo en la logística, sino en el espíritu. En la sensación de estar participando en algo que aún no ha sido completamente domesticado por lo que solemos llamar “evolución”.

Fui con una amiga. En un momento me dijo algo que se me quedó grabado.

Que nunca había estado en un lugar donde sacar una foto a alguien —porque te gusta cómo va vestido, lo que está haciendo o simplemente el momento— no viniera acompañado de una mirada de reproche.

Allí no. Allí parecía formar parte del juego.

Resultaba reconfortante comprobar que el ser humano todavía puede reunirse alrededor de una ilusión. Aunque sea por unas horas. Aunque sea por un día.

Tampoco se podía creer lo cerca que pasaban los coches y los corredores. Los ciclistas abriéndose paso entre la multitud como si las cuestas de grava no fueran ya suficiente dificultad.

El polvo levantándose, miradas nubladas sorteando el público, los rostros marcados por el esfuerzo.

Sin embargo, ya que hablamos de caras y miradas, también quiero subrayar una cara que no esperaba.

Previo a toda esa épica deportiva asomaba la lógica del deporte moderno. Incluso los campeones del mundo, incluso los grandes aspirantes, tenían que grabar pequeños vídeos, posar para fotos rápidas, promocionar productos o generar contenido —en ese momento!—.

Como si concentrarse en ganar no fuera suficiente.

Como si la proeza de competir en algo así ya no bastara por sí sola para contar la historia.

Ver a esos atletas casi mitológicos sacando el móvil o cumpliendo con una marca tenía algo curioso. No le quitaba grandeza a lo que hacen, pero recordaba que incluso los gigantes viven en un mundo debidos a otros.

Luego está el cuerpo.

Yo vengo de otro lugar: del culturismo. De observar el músculo con lupa, casi como si fuera arquitectura. Ver las piernas de algunos de estos tipos en persona —pienso en Wout Van Aert como ejemplo— es otra cosa.

Hay algo en esa forma del músculo que atrapa la mirada.

Más allá del rendimiento, que evidentemente es de otro planeta, hay una genética extraordinaria escrita en esas fibras. La separación muscular, el volumen en movimiento, la potencia que se adivina incluso cuando están simplemente caminando hacia el coche del equipo.

Pero esa grandeza también tiene su reverso.

Cuando los ves caminar sin la bici, empiezas a notar cosas que en televisión pasan desapercibidas. Espaldas encorvadas. Hombros adelantados. Formas de andar que delatan años doblados sobre el manillar.

No hace falta ser fisio para verlo.

Muchos parecen cargar con el peaje invisible de su propio deporte. Estoy seguro de que dan de comer a más de un osteópata, fisioterapeuta o quiropráctico.

Cuerpos capaces de producir una de las expresiones más bellas del rendimiento humano… y, al mismo tiempo, marcados por las deformaciones que exige alcanzarlo.

Y así, expuesto el inciso, volvamos a ese momento en el que se anuncia que la carrera está cerca.

El helicóptero.

Primero llega el sonido. Ese retumbar grave de las aspas que empieza a escucharse a lo lejos y acercándose veloz. De repente sabes dónde está la carrera, que alguien va delante, hacia dónde deben mirar todos los ojos.

El sonido ordena la atención.

Es el recordatorio de que, en ese instante, hay alguien escribiendo historia.

Y para los que estamos allí abajo, ese retumbar funciona como el pistoletazo de salida de los pelos de punta.

O como dicen en Italia: “pelle d’oca”.

Entonces todo se acelera.

La gente se acerca más al camino.

Los coches pasan cada vez más rápido.

El polvo empieza a levantarse.

Y tú estás ahí.

Literalmente tirando los dados. Confiando en los desconocidos de tu alrededor para que un coche no te recorte las uñas de los pies. O para que una antena de retransmisión rebotando entre los baches no te despeine en el momento menos oportuno.

Todo vibra.

Los coches de asistencia, que también me recordaron algo que había visto días antes usando Strava para encontrar algunos de los hoteles donde se alojaban equipos y corredores.

Detrás de cada ciclista hay un equipo entero que sostiene la carrera desde las sombras.

El deporte celebra al que cruza primero la meta, pero la verdadera construcción de esa victoria empieza mucho antes, en esos pasillos y garajes de hotel donde casi nadie mira.

Y por último, si hablamos de miradas, hubo otro detalle dentro de la carrera.

En algunas de las fotos se aprecia algo curioso: el corredor todavía está en primer plano, apenas ha pasado uno o dos metros… y el público ya ha girado la cabeza hacia el siguiente.

La atención se desplaza.

Hacia la siguiente bicicleta.

Hacia el siguiente nombre.

Hacia la siguiente historia.

Luego todo termina.

El polvo vuelve a caer.

La gente recoge las mantas.

Las colinas recuperan el silencio.

Y te quedas con algo difícil de ordenar.

¿Cómo se procesan todas esas emociones?

Ver a gente convertida en gigantes por lo que hace… y sentirse pequeño en comparación.

O justo lo contrario.

Sentirse grande por estar allí. Por formar parte de algo que solo existe porque miles de personas deciden reunirse en unas colinas de tierra para ver pasar a unos cuantos hombres sobre bicicletas.

Cuando vemos a nuestros héroes pasar a toda velocidad frente a nosotros…

¿estamos siendo testigos de su grandeza, o somos parte de ella?

He de decir que la primavera, además, salpimentaba bien todo ese ambiente.

Esa primavera insolente que para algunos (los que ya empiezan a cumplir cierta edad) parece celebrar una fiesta de juventud febril a la que uno llega sin invitación.

Y sin embargo ocurrió algo curioso.

Lejos de expulsarte, esa escena te llena de una nostalgia extraña. Una nostalgia que, en lugar de estorbar, parece maridar perfectamente con todo lo demás: la admiración, la euforia colectiva, la belleza del esfuerzo humano y la sensación fugaz de estar viviendo algo irrepetible.

El héroe de hace dos segundos todavía está ahí, pero el mundo ya ha empezado a mirar hacia otro lado.

Y no pude evitar pensar que esa escena resume bastante bien no solo este deporte… sino también la forma en que hoy pasan la fama, los éxitos y los momentos.

Y creo que es por eso que te he escrito esta carta, para tomarme el tiempo y mirar también atrás. Detenerme un minuto, o dos, y cuanto menos entretener las preguntas y emociones que viví en la Strade Bianche.

Espero haber inspirado algo.

Con cariño,

Josu.

PD: Fred, fíjate en las manos de Pogačar cuando tengas ocasión. Me llamó la atención. Creo que podría tener ese mismo fenómeno que tienes tú —el “síndrome de Raynaud”, cuando la irrigación no llega bien a las extremidades y el frío se vuelve un enemigo serio.

Quién sabe… quizá también en eso compartáis algo.

Escrito por Josu Alberdi

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