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Pues resulta que el malo era el bueno...

Durante décadas el lactato fue el villano.

El culpable.

El responsable de que las piernas ardieran, de que explotaras en una subida o de que no pudieras mantener un esfuerzo.

Si algo tenía lactato, era malo.

Anda que no hay literatura de gente bien estudiada y lo peor, mucha más de gente que no tiene ni idea en la que nos decían que el Lactato te podía arruinar un entreno o una carrera.


Hoy sabemos que no.

Hoy sabemos que el lactato no es un residuo.

Es combustible.

Tu cuerpo lo produce constantemente y, de hecho, también lo consume.

Tus músculos.

Tu corazón.

Incluso tu cerebro.

Y ahora, algunos de los mejores científicos del rendimiento deportivo están intentando algo que hace unos años habría sonado absurdo:

Dar lactato a un ciclista durante una carrera para que tenga más energía.


No porque sustituya a los carbohidratos.

Sino porque, en teoría, utiliza otra vía de absorción y puede aportar combustible sin saturar el mismo sistema digestivo que ya trabaja al límite con 100 o 120 gramos de hidratos por hora.

Si funciona, puede ser uno de esos pequeños avances que cambian el deporte profesional.

Y mover un punto más arriba el rendimiento y capacidad del deportista.

Fascinante.

Me fascina que la ciencia siga encontrando puertas donde parecía que ya no quedaban.

Que una idea que hace veinte años parecía ridícula hoy pueda acabar patentándose.

Que todavía existan límites por empujar.

Pero hay algo que también debe preocuparnos al menos un poco…

Estoy convencido de que el día que esos geles lleguen al mercado habrá aficionados dispuestos a gastarse cientos de euros para imitar a sus héroes…

No les importará tener 10kg de sobrepeso, pero llevarán en su próxima ruta sus geles de lactato…

Seguirán durmiendo cinco horas porque antepondrán una buena fiesta a un buen descanso.

Seguirán sin entrenar fuerza.

Seguirán comiendo cualquier cosa.

Pero los geles de lactato a la buchaca.

Somos polillitas lamiendo farolas.

Polillitas gordas y rechoncas embobadas por la luz de cada nuevo farol.

Incapaces de hacer lo básico.

Ansiosos del próximo atajo.

Preferimos comprar una posible ventaja del 1% antes que trabajar durante un año en una mejora garantizada del 30%.

Y no ocurre solo en el ciclismo.

Ocurre en casi todos los ámbitos de la vida.

Buscamos la herramienta antes que el hábito.

La excepción antes que la norma.

El atajo antes que el camino.

Quizá porque comprar un gel es inmediato.

Cambiar una vida no.

Por eso me encanta esta historia del lactato.

No porque crea que vaya a cambiar el ciclismo amateur.

Sino porque nos recuerda una verdad incómoda.

La innovación tiene un valor enorme.

Pero solo cuando ya has hecho todo lo demás.

Porque la tecnología puede ampliar tus límites.

Pero nunca sustituirá los cimientos sobre los que esos límites se construyen.

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