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El tren al futuro que viaja lleno de vacío.

Subí al tren un martes.

Día raro para cambiar de vida, pero bueno, tampoco me iba mejor los lunes.

Vi un anuncio que decía:

"Si estás harto de todo, este es tu sitio"

Y pensé: coño, por fin alguien me entiende.

El tren no tenía ventanas, pero todos los que estaban dentro decían que las vistas eran preciosas.

No sé qué coño veían, la verdad.

En el primer vagón, los gritones.

Sudaban éxito, olían a testosterona comprimida.

Te vendían el futuro en cuotas mensuales, con bonus si lo compartías por Instagram.

Me ofrecieron un descuento del 90% si renunciaba a mi dignidad en menos de 3 clics.

En el segundo vagón, los podcasters.

Micros grandes, preguntas pequeñas, ideas vacías.

Todos con la misma voz de "tío que ha leído medio tweet y ya quiere escribir un libro".

El invitado contaba cómo había tocado fondo y ahora facturaba seis cifras sin mover el culo.

Aplaudían. No sé por qué. Nadie dijo nada nuevo.

Parecía un funeral, pero con aplausos pregrabados palmeando al mismo tiempo.

En el tercero, los iluminados.

Todo de lino, incienso digital.

Susurraban frases huecas mientras te miraban como si supieran algo que tú no.

—Recuerda que el universo te escucha —me dijo uno.

—Tu niño interior tiene miedo al éxito. —dijo otro.

—La abundancia está en ti. —susurró el tercero.

—No luches, fluye. —éste se llevó una hostia.

Al caerse de espaldas el resto corrió a socorrerle y pude zafarme de sus asquerosas y pegajosas voces.

—Debo huir. No quiero que el universo piense que estoy hablando con idiotas.

Más adelante, el vagón de los que ya no hablan.

Se les cayó la sonrisa de tanto repetirla.

Tecleaban en silencio, programados para vender algo que ni ellos entendían.

Una suscripción, un método, una promesa con tres colores y una landing page.

No sabían cómo bajarse.

Nadie les había enseñado a vivir sin un funnel.

Me fui al final del tren.

Allí estaban los rotos.

Los que se tragaron todo.

Los que lo dieron todo.

Los que ya no esperan nada.

Uno me miró y me dijo:

—Salté, pero no caí.

—¿Qué pasó? —le pregunté.

—El suelo ya no existe. Solo hay más trenes.

Me reí.

Una risa seca. Como quien tose polvo.

Otro jodido lunático más...

Fui hasta la última puerta.

"SALIDA DE EMERGENCIA"

La abrí.

Salté.

No caí.

Pero al menos dejé de avanzar en círculos.

Y eso, joder, eso ya es algo.

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