El Huevo Gigante.
Un día largo, con muchos km´s acumulados, paré en un pueblo.
Uno que sólo había cruzado pero nunca me había detenido en él.
Había una fuente vieja, de esas que gotean por el caño despacio, como si estuvieran un poco hartas de servir a nadie.
Mientras llenaba el bidón, gota a gota... apareció un tipo.
La cara era de esas que no sabes si tiene 50 o 200 años.
Vestía como a quien hace mucho tiempo que no le preocupa el espacio en sus armarios, porque nada nuevo entra y nada viejo sale.
Se sentó a mi lado, con la calma de una sombra recién levantada de la siesta, y me soltó:
—¿Te cuento una historia?
No dije que sí y tampoco que no.
Así que me la contó.
—Hace muchos años, un granjero de aquí encontró un huevo gigante en su campo. Pero no un huevo normal, era como si alguien hubiera cruzado un avestruz con un Mamut. Un huevo gigante. Dorado, metálico...
Lo cuidó. Lo acarició. Le habló durante semanas... Hasta que un día el huevo se abrió y de dentro salió una puerta.
—¿Una puerta? —pregunté.
Él me miró como si no le estuviera prestando atención.
—Sí, una puerta. Pequeña, vieja, con un pomo dorado, de esas que te invitan a meterte en problemas. El granjero se sentaba cada mañana antes de arrancar el día a mirar fijamente la puerta. Así durante años.
Hasta que un día se acercó a ella y la puerta se abrió.
El Granjero asomó primero la cabeza, después medio cuerpo y vió como dentro había otro campo igual al suyo, pero patas arriba.
Árboles que colgaban del cielo, vacas que maullaban colgadas de las ramas, y nubes que eran bloques de tierra flotando sobre su cabeza.
El granjero quiso cerrar la puerta.
Tiró, empujó, lloró un poco. Nada.
No se cerraba. Y tampoco podía meter su cuerpo de nuevo.
Algo tiraba de él, solo podía cruzar a ese otro lado.
Cruzó y la puerta se cerró tras él de un portazo.
Yo me levanté en ese momento, el bidón estaba lleno y fui a ponerlo en la bici. El anciano me agarró del brazo y me volvió a sentar en la fuente de un tirón.
—Aún no he terminado — me gritó... — y continuó:
El granjero se dio cuenta que no era ese nuevo mundo el que estaba torcido.
Era él.
Que el mundo siempre se retuerce cuando menos lo esperas. Y que lo único que cambia es si te atreves a caminar cuando no entiendes nada.
Se calló el viejo.
Yo me quedé en silencio, asimilando aquello, mostrando respeto.
Se levantó y mientras se iba me soltó con una sonrisa mostrando huecos donde antes había dientes:
—No te preocupes, chaval. Algunos prefieren quedarse aquí fuera empujando la puerta toda la vida, todo está bien.
Hizo una pausa y añadió:
—Y otros... ni siquiera la encuentran.
Se fue calle abajo y justo antes de desaparecer giró la cabeza y me gritó:
—¡Cuidado con las vacas! ¡En ese lado muerden!
¿Por qué siempre conozco gente tan rara? - Me pregunté...
No sé. Me subí a la bici y continué mi marcha pensando en ello.
Ahora, cada vez que la vida me pone a dar vueltas como una peonza y todo parece que se ha dado la vuelta, me acuerdo del cabrón de la fuente y
busco la puerta que sea que tenga que cruzar.
Aunque me muerda una vaca al hacerlo.
Mi mensaje hoy es tan simple y útil como la fuente olvidada de un pueblo al que ha abandonado hasta el eco…
No evitarás que la vida te dé la vuelta de vez en cuando.
Lo único que puedes controlar es si te quedas llorando en la puerta
o cruzas, aunque el suelo sea el techo y las vacas te quieran arrancar un brazo.
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