De un día para otro.
Tal cual.
Un Martes, los tapones se separaban de las botellas.
Un Miércoles, no.
Un nuevo hilillo de plástico unió para siempre todos tapones a sus respectivas botellas.
Loco.
Imposible.
Preparado.
¿Negociazo a dedo?
Mi lado conspiranoico no puede dejar de pensar en como politicuchos y lobbies se ponen en línea para pasarse el huevo de cucharaboca en cucharaboca en la fiesta del pueblo.
Porque no puede ser. No somos tan buenos.
La humanidad no puede hacer desaparecer de un día para otro todos los tapones salvajes.
Tapones independientes con aspiraciones de tapones.
Pero sí, lo hicimos.
Y un día de repente no había tapones solitarios en el mundo.
Todos fueron conectados y diseñados para molestar en el uso.
Parece más una estrategia para que dejemos de utilizar plástico que para que los tapones dejen de ser un problema en sí…
Narices grandes como la mía saben de que te hablo.
De un día para otro… el mundo cambió de forma imperceptible.
Primero fueron los tapones, luego las cosas pequeñas. Objetos que antes eran libres, con su propia esencia de inutilidad momentánea, empezaron a formar parte de algo más grande.
Lo cotidiano se volvió controlado, como si el universo decidiera que ya era hora de darle un propósito incluso a lo más insignificante. Tapones, clips, migajas de pan... todos destinados a no volver a estar solos.
Y ahí estábamos nosotros, mirándolo todo sin saber si celebrar o temer.
Como si las cosas pequeñas fueran una metáfora de lo que vendría después. ¿Nosotros también? ¿Seremos los próximos en ser conectados a algo más grande?
¿Unidos a nuestras vidas rutinarias sin opción a despegar, como esos tapones, condenados a ser parte de un todo, de una botella que ni siquiera elegimos?
El mundo sigue girando, pero los tapones nos lo recordarán: hay fuerzas más allá del plástico, decisiones invisibles que se cocinan en cocinas donde no hay cucharas ni huevos, pero sí relojes que miden la hora que tiene que ser.
Nos volvimos parte de un guion que no se escribe a sí mismo, y cada pequeña cosa que se une a otra nos deja la misma sensación: que no hay escape.
Que las decisiones ya no son nuestras, aunque sigamos apretando los tapones con fuerza.
Primero fueron los tapones… después…
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