Y se quedó tan tranquilo
El otro día hice un experimento.
Publiqué primero un reel de un capítulo del podcast sin que el podcast estuviera disponible. Sin decirlo. Como si ya estuviera en audio y vídeo.
Es una cagada de marketing monumental.
A no ser que sea lo que llamamos un teaser —una pieza que anticipa lo que vendrá y comunica claramente cuándo llegará—, eso no se hace.
Porque pierdes memorabilidad.
La gente no es que ya no tenga capacidad para recordar cosas por la saturación de información.
Es que no lo necesita.
Si vives en una aldea con las calles plagadas de puestos de comida gratis, de todos los gustos, colores y olores, abiertos 24/7... ¿por qué demonios ibas a guardar en tu cabeza dónde está uno en concreto?
Siempre habrá otro.
Y ahora súmale la IA.
Memoria innecesaria.
Y todo lo innecesario termina atrofiándose.
Así que hoy es una muy mala idea lanzar un clip que puede hacer 100.000 visualizaciones y que no te lleva a ninguna parte.
Pero quería probar una cosa.
Hay mucha gente que me dice que sigue el podcast.
Y yo sospecho que una parte importante solo consume los clips que publicamos.
Así que quise comprobar qué ocurría si publicaba únicamente un clip, sin que existiera todavía el episodio.
La respuesta llegó enseguida.
Cayó el primero.
—Fred, me ha encantado el episodio. Uno de mis favoritos.
—¿Ah, sí? Me alegro muchísimo. Thibaut es un tipo genial. Lo pasamos muy bien y me sorprendió mucho su apertura emocional durante la conversación. Creo que tiene un futuro enorme si sigue así.
—La verdad es que me sorprendió. Qué joven y qué capacidad.
—Una pregunta. ¿Qué fue lo que más te gustó del episodio?
Typing...
Typing...
Typing...
—Yo creo que todo. Me ha encantado. Se le ve un tipo muy majo.
—A mí me dejó loco la historia de cuando tuvo que ir andando y haciendo autoestop desde Girona hasta Suiza para correr aquella Copa del Mundo que luego terminó ganando. No conocía esa historia.
—Sí... brutal.
Pues eso.
¿Lo has visto?
Qué narices iba a andar desde Girona hasta Suiza.
Totalmente inventado.
Podría haberle dicho que hablaba siete idiomas, que había vivido en Mongolia o que entrenaba con lobos. Probablemente también habría asentido.
Pero tampoco le culpo.
Quizá en ese momento le interesaba más mantener una conversación conmigo que el contenido en sí.
Y eso también es profundamente humano.
Mi experimento no demuestra gran cosa.
Pero sí me hizo pensar en otra.
Quizá muchas relaciones hoy ya no se construyen sobre hechos compartidos, sino sobre la sensación de haber compartido algo.
Da igual que ese algo haya ocurrido, que lo hayamos entendido mal o que directamente nunca haya existido.
Y eso es inquietante.
Porque, como escribió Hannah Arendt, “el sujeto ideal del totalitarismo no es quien distingue entre verdad y mentira, sino quien ha perdido la capacidad de distinguir entre ambas.”
No creo que estemos ahí.
Pero sí creo que cada vez vivimos más rodeados de conversaciones donde los hechos importan menos que la sensación de familiaridad.
Y cuando eso ocurre, el recuerdo deja de ser memoria.
Se convierte simplemente en una impresión.
Y una impresión tiene el peligro de levantar emociones y criterios muy rápido.
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