Miedo al cambio.
El cerebro no busca felicidad: busca previsibilidad.
Todo cambio implica pasar de lo conocido (aunque sea incómodo) a lo incierto.
Y el cerebro interpreta lo incierto como peligro.
Por eso muchas veces preferimos mantener rutinas que sabemos que no funcionan
antes que asumir la incomodidad de no saber qué pasará si las rompemos.
Esto lo explica muy bien el modelo del “cerebro predictivo” (Karl Friston):
cada cambio genera un error de predicción, y el cerebro hace lo que sea por minimizarlo.
En otras palabras: prefiere tener razón a mejorar.
Antes de hacer cambios,
tienes que mirarte con honestidad.
Hazte estas preguntas:
¿Qué días lo hago bien sin esfuerzo?
¿Qué momentos me rompen siempre?
¿Qué hago por inercia, no por hambre?
¿Y qué cosas me dan placer y no quiero perder?
Con esas respuestas,
puedes dibujar tu mapa de fricción.
Marca en rojo los momentos de alto riesgo.
En ámbar, los que dependen de la compañía.
En verde, los que controlas bien.
El objetivo no es cambiarlo todo.
Es proteger lo verde, trabajar lo rojo y entender lo ámbar.
Y repítelo cada pocas semanas.
Porque tu vida cambia,
y tus debilidades también.
Esto no va de comer perfecto.
Va de comer bien cuando es más difícil hacerlo bien.
Ahí es donde se gana el cambio.
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