Mi cuerpo es un templo.
Un templo que, a veces, también se cae a pedazos.
Un templo que puede ser asediado y hay que defender.
Un templo en el que unos días hace frío y otros demasiado calor.
Pero, en cualquier caso, un templo que sabe perfectamente en qué cree.
Hoy se cumplen cinco semanas desde mi accidente.
Y durante estas semanas he aprendido algunas cosas interesantes sobre el cuerpo, la comida y, sobre todo, la cabeza.
Cuando tuve el accidente, una de mis mayores preocupaciones era perder mi forma.
Puede parecer superficial.
Al fin y al cabo, cuando te rompes una clavícula, tres costillas y terminas en un hospital de otro país 1 semana ingresado, existen preocupaciones mucho más importantes:
Cómo vas a seguir trabajando.
Cómo vas a manejarte en el día a día.
Cuánto tiempo tardarás en recuperarte.
Qué secuelas pueden quedar.
Pero mi forma física es tan importante o más porque significa mi identidad. Quién soy y cómo soy.
El resultado de una idea sencilla:
Mi cuerpo es un templo.
Mantener un 8 o un 9 % de grasa corporal requiere atención constante.
Y cuando puedes entrenar con normalidad, el entrenamiento absorbe parte de tus errores, bastante incluso.
Pero cuando te obligan a parar por completo… desaparece ese margen, y empiezas a vivir de la renta.
Y entonces interesa preguntarse:
¿Tu estado físico depende únicamente de lo que haces cuando todo va bien o también de las decisiones que tomas cuando todo se complica?
Estas cinco semanas me han dado algunas respuestas.
La primera es que el músculo resiste más de lo que imaginaba.
Durante las primeras semanas apenas percibí pérdida. Más adelante sí he notado ciertos cambios, especialmente en las zonas que no he podido trabajar, pero nada parecido al desastre que había construido en mi cabeza.
Eso sí, a partir de las 3 semanas… no hay nada que salve ese músculo… lo verás marchar.
La segunda es que mantener el peso resulta mucho más sencillo si no olvidas una de las reglas más sencillas:
Si no sé lo que estoy comiendo, no lo como.
Puede parecer exagerado, pero piensa en cuántas veces comes sin saber cuánto aceite, mantequilla, azúcar se esconden en ese plato.
Yo no cuento calorías.
Pero sé lo que como.
Es muy distinto.
Existe una diferencia enorme entre no contar y no tener ni idea de lo que te metes y por qué te lo metes.
La tercera es que acudir cada día al gimnasio cambia por completo la pregunta.
En lugar de preguntarme:
«¿Puedo entrenar hoy?»
Me pregunto:
«¿Qué puedo entrenar hoy?»
Un día son piernas.
Otro, andar en la cinta con inclinación.
Otro, gomas.
Otro, antebrazo…
Cuando mantienes el hábito, casi siempre encuentras una posibilidad.
Cuando abandonas el hábito, siempre encuentras una excusa.
Pero el mayor aprendizaje vuelve a ser el mismo de siempre.
La capa más difícil no es la muscular.
Es la mental.
Una lesión no solo te quita temporalmente capacidades físicas.
También intenta arrebatarte la identidad.
Empiezas a dejar de sentirte deportista.
Te preguntas cuanto tardarás en volver a ser el de antes.
Y ahí está la batalla.
Porque cuidar el cuerpo no consiste únicamente en entrenar cuando estás fuerte.
Consiste en seguir entrenando la cabeza cuando el resto se rompe.
Un templo no deja de ser un templo porque una pared se haya derrumbado.
Tu trabajo es levantarla de nuevo piedra a piedra.
Yo estoy ahí ahora.
Cerca de mi primera salida en bici… quizá en 1 semana o 2… veremos.
El cuerpo hablará.
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