Gratis · Cada día a las 15:45

Apúntate a La Obsesión Diaria

Un email al día. Menos de 3 minutos de lectura.

Viene un sacerdote al Podcast.

Al podcast.

La semana que viene.

Viene un sacerdote que anda en bici.

Solo puede pasar aquí, lo sé, nadie de nuestro sector daría voz a un Sacerdote.

¿Pero y por qué no?

Anda mucho en bici, es mega-conocido en lo suyo…

Y tengo ganas de saber más de eso suyo.

Y de aprender todo lo que pueda de él.

Y de eso suyo… que en realidad lleva unos cuantos miles de años ocupando bastante espacio en la cabeza de casi todos.

Creer.

Es difícil entender dónde estamos sin entender las religiones.

No por Dios.

Por nosotros.

Por entender por qué un mono con hipoteca, calendario compartido y proteína en polvo sigue necesitando levantar la vista y preguntarse qué demonios significa todo esto.

Durante muchísimo tiempo yo no tuve especial interés en las religiones.

Más bien al contrario.

Me producían rechazo.

Me parecían una especie de software antiguo instalado de fábrica en demasiados cerebros.

Con demasiados permisos.

Y sin botón de desinstalar.

Con los años me ha pasado algo incómodo.

He empezado a encontrar dentro de mi propia cajita de principios unas cuantas piezas sospechosamente viejas.

Ideas que yo creía haber comprado nuevas.

Y resulta que llevaban dos mil años dando vueltas por ahí.

Porque nadie vive sin creencias.

Nadie.

Puedes llamar religión a unas.

Filosofía a otras.

Principios.

Valores.

Criterio.

Identidad.

Sentido común.

O puedes utilizar esa frase maravillosa con la que solemos disfrazar nuestras creencias de realidad:

«Las cosas son así».

No.

Las cosas son.

Y luego aparecemos nosotros a ponerles subtítulos.

Supongo que crecer también consiste en ir descubriendo qué subtítulos has puesto tú, cuáles te pusieron otros y cuáles llevas veinte años leyendo sin darte cuenta.

Yo me siento mucho más cerca de ciertas líneas de pensamiento que de una religión.

Del estoicismo, por ejemplo.

Pero cuanto más lo miras, más empiezan a aparecer puentes extraños.

Un estoico y un cristiano pueden discutir durante tres horas sobre Dios, la naturaleza, la salvación, el alma o el destino.

Y después irse juntos a casa bastante de acuerdo en unas cuantas cosas:

  • Controla tu respuesta, no el mundo.

  • Pon la virtud por encima del resultado.

  • No vivas para acumular cosas.

  • No conviertas tus impulsos en tu jefe.

  • Acepta que sufrir viene incluido.

  • No vivas aterrorizado por la muerte.

  • Reconoce al otro como alguien de tu misma especie moral.

  • Mírate por dentro antes de repartir diagnósticos fuera.

  • No devuelvas mal por mal.

Es curioso.

Puedes cambiar la túnica por una toga.

El templo por un pórtico.

La oración por un diario.

Dios por naturaleza.

Pecado por falta de virtud.

Providencia por aceptación.

Y de pronto hay conversaciones que empiezan a parecerse bastante.

No porque sean lo mismo.

No lo son.

Sino porque el ser humano lleva muchísimo tiempo intentando resolver siempre los mismos marrones con diferentes diccionarios.

El miedo.

La muerte.

El deseo.

La pérdida.

El ego.

La culpa.

La envidia.

La necesidad de controlar cosas que no tienen la menor intención de obedecernos.

Epicteto lo redujo a una idea casi insultantemente sencilla:

hay cosas que dependen de ti.

Y cosas que no.

Dos cajones.

Y nosotros empeñados en meter la vida entera en el equivocado.

También hay una frase del Evangelio que me gusta especialmente:

«Por sus frutos los conoceréis».

Me parece una forma magnífica de pincharle las ruedas al discurso.

Da igual lo brillante que sea tu filosofía.

Da igual cómo llames a Dios.

Da igual cuántos libros tengas subrayados.

Da igual si puedes citar a Marco Aurelio mientras esperas el café.

Al final tus ideas producen algo.

Tu manera de creer aparece cuando pierdes.

Cuando tienes miedo.

Cuando alguien te humilla.

Cuando nadie mira.

Cuando tienes poder.

Cuando dejas de tenerlo.

Cuando podrías aprovecharte de alguien y decides qué hacer.

Ahí sale tu religión.

Aunque no tengas ninguna.

Y eso me interesa.

Mucho más que discutir si Dios existe o no.

Me interesa saber qué ocurre después de creer.

Qué tipo de persona fabrica una creencia.

Qué comportamientos aparecen.

Qué miedos desaparecen.

Qué nuevas jaulas construye.

Qué puertas abre.

Porque uno puede pasarse la vida cambiando de ideas como quien cambia cubiertas.

Y seguir pinchando siempre en el mismo sitio.

La semana que viene quiero hablar con un sacerdote que anda mucho en bici.

De Dios.

De fe.

De religión.

De dudas.

De contradicciones.

Y de esa extraña costumbre humana de necesitar una explicación para seguir avanzando aunque sepamos perfectamente que nadie nos ha dado el mapa.

Al final, sobre una bici pasa algo parecido.

Pedaleas.

Interpretas.

Te equivocas.

Corriges.

Sigues.

Y de vez en cuando levantas la cabeza y descubres que llevabas unos cuantos kilómetros siguiendo una flecha que alguien pintó hace dos mil años.

Esto es gratis hasta que tú decidas que deja de serlo.

Apoya este proyecto aquí.

Apoya La Obsesión Diaria

Sigue leyendo gratis

Este artículo es del archivo de La Obsesión Diaria. Suscríbete gratis y léelo entero, junto a todos los demás.

787artículos en el archivo
1.070días escribiendo, uno cada día
0 €solo tienes que suscribirte

Gratis · Cada día a las 15:45

Apúntate a La Obsesión Diaria

Un email al día. Menos de 3 minutos de lectura.

¿Ya estás suscrito? Abre cualquier email de La Obsesión Diaria y pulsa un enlace, o escribe tu email arriba: se abre todo al momento.

Esto es gratis hasta que tú decidas que deja de serlo.

Apoya este proyecto aquí.

Apoya La Obsesión Diaria

Comparte este artículo

WhatsApp Email

← Volver a La Obsesión Diaria