Gratis · Cada día a las 15:45

Apúntate a La Obsesión Diaria

Un email al día. Menos de 3 minutos de lectura.

Ha venido en bici al podcast.

Hoy nos ha visitado en el podcast Juan Antonio Flecha.

Ha venido en bici, antes de ir a narrar la etapa del Tour.


Y quiero compartirte una idea que se quedó a medias fuera de cámaras.

Una parte aparece en la conversación. La otra, como sucede tantas veces, surgió cuando los micrófonos ya estaban apagados.

Flecha me decía que conocía el proyecto y me felicitaba por lo que habíamos construido.

Yo se lo agradecí, claro.

Pero también le confesé una preocupación que llevo algún tiempo sintiendo.

Hoy puedo decir que prácticamente cualquier personaje del sector vendría al podcast.

Es un privilegio.

Uno que hemos cultivado durante cinco años, capítulo a capítulo, conversación a conversación, pico y pala.

Pero, aunque el proyecto ya tenga la capacidad de llegar hasta casi cualquier invitado, empiezo a sentir que el propio concepto de «ser invitado» se está quemando.

No porque la gente haya dejado de tener cosas interesantes que contar.

Sino porque cada vez hay más sitios pidiéndoles que las cuenten.


Creo que la saturación de contenido no está agotando tanto al usuario como al invitado.

El usuario tiene una salida muy sencilla: si algo no le interesa, desliza el dedo y pasa instantáneamente a lo siguiente.

Siempre existe un «siguiente».

Pero ese siguiente, en mi caso, depende de una persona que quiera sentarse conmigo, dedicarme varias horas y compartir algo de verdad con vosotros.

Y tengo la sensación de que muchos invitados empiezan a estar cansados.

No de hablar.

De hablar en sitios en los que después no han estado cómodos, no se han sentido escuchados o han descubierto que aquella conversación solo era una excusa para fabricar tres titulares, cinco clips y una polémica.


Después vienen aquí y me dicen que han estado muy a gusto.

Que parecía que nos conociéramos de toda la vida.

Que se les ha pasado el tiempo volando.

Todo cosas bonitas.

Pero todas suceden después.

Y el después nunca existe si no conseguimos llegar al antes.

Y el antes es, con diferencia, lo más difícil.

Con Flecha llevábamos casi dos años intentando juntarnos.

Dos años.

Y el tiempo no siempre madura las oportunidades.

A veces simplemente las enfría.


Por suerte, finalmente ha sucedido.

Ha sido una charla súper chula que pronto compartiré contigo.

Pero antes quería contarte esta pequeña frustración que siento en este momento del proyecto.

Internet democratizó la posibilidad de tener una voz.

Y eso es maravilloso.

El problema es que también abarató el gesto de escuchar.

Hay demasiada gente publicando cualquier cosa, de cualquier manera, con la esperanza de que el algoritmo convierta el ruido en una carrera profesional.

No hablo de quienes empiezan.

Todos hemos empezado alguna vez.

Hablo de esa forma de crear que no pretende construir nada: solo ocupar espacio.

De quienes buscan el titular fácil.

La polémica prefabricada.

El corte fuera de contexto.

El contenido basura que se consume deprisa, se olvida todavía más deprisa y deja detrás una especie de resaca invisible.

El fast food de las redes sociales.

Y quizá el verdadero problema no sea que ese contenido compita por la atención del público.

Quizá el problema sea que también consume la confianza de los invitados.

Porque cuando alguien ha tenido cuatro malas experiencias, la quinta invitación ya no se recibe como una oportunidad.

Se recibe como otra amenaza.

Y quienes intentamos construir algo con paciencia acabamos pagando también el precio de quienes solo quieren extraer un clip.


No sé qué piensas tú, al otro lado de todo esto.

No sé si para ti todos somos lo mismo.

Si un podcast es simplemente otro vídeo más en una pantalla infinita.

Si te importa quién hace la pregunta, cuánto ha preparado la conversación o qué intención existe detrás de ella.

No sé si realmente conectas con un tipo de contenido más que con otro.

Si recuerdas alguna conversación días después.

Si algo de lo que escuchas modifica, aunque sea ligeramente, tu manera de mirar el mundo.

O si todos somos apenas un pequeño chispazo deslizándose por el mismo tobogán dopaminérgico.

Simone Weil escribió que la atención es la forma más rara y pura de generosidad.

Quizá por eso una buena conversación no consiste en conseguir que alguien hable.

Consiste en demostrarle que todavía queda alguien dispuesto a escuchar.

Porque en un mundo en el que todos quieren tener voz, prestar verdadera atención empieza a ser un acto revolucionario.

Esto es gratis hasta que tú decidas que deja de serlo.

Apoya este proyecto aquí.

Apoya La Obsesión Diaria

Sigue leyendo gratis

Este artículo es del archivo de La Obsesión Diaria. Suscríbete gratis y léelo entero, junto a todos los demás.

787artículos en el archivo
1.070días escribiendo, uno cada día
0 €solo tienes que suscribirte

Gratis · Cada día a las 15:45

Apúntate a La Obsesión Diaria

Un email al día. Menos de 3 minutos de lectura.

¿Ya estás suscrito? Abre cualquier email de La Obsesión Diaria y pulsa un enlace, o escribe tu email arriba: se abre todo al momento.

Esto es gratis hasta que tú decidas que deja de serlo.

Apoya este proyecto aquí.

Apoya La Obsesión Diaria

Comparte este artículo

WhatsApp Email

← Volver a La Obsesión Diaria