Aguantando la respiración.
Intentar perder peso para muchos es algo parecido a “aguantar la respiración”.
Como pasear un perro que se ahoga a si mismo con el collar de lo que tira por ese ansia que tiene de correr a olisquearlo todo.
Contener, aguantar…
Eso no tiene nada que ver con la disciplina.
Confundimos disciplina con sacrificio.
Y sacrificio con tortura.
Y ni la disciplina es un sacrificio y tampoco un sacrificio debería ser una tortura.
Etimológicamente hablando.
Un sacrificio es a hacer algo sagrado.
En el significado cotidiano es dejar algo que te gusta o puede ser cómo por algo que incomode pero que sabes que es mejor para ti o para otros.
Es decir, algo más relacionado con la generosidad propia o ajena.
Y la etimología de disciplina - y esta me encanta - viene del latín: “el que aprende”.
Disciplina no viene de obedecer, viene de aprender de uno mismo, de lo que ponemos en práctica por un propósito x.
Sin embargo para muchos la disciplina y el sacrificio son algo parecido a aguantar la respiración.
Algo forzado y temporal… que si se estira mucho… te destruye.
La realidad es que nadie cambia aguantando la respiración.
Aguantar solo sirve para una cosa: para que, cuando sueltes el aire, vuelvas a lo de siempre.
El sacrificio sin sentido es castigo.
La disciplina sin aprendizaje es cárcel.
Y la mayoría vive ahí dentro… pensando que eso es “ponerse serio”.
Pero el cambio de verdad no nace del esfuerzo bruto.
Nace del criterio.
De entenderte.
De saber por qué haces lo que haces.
De dejar de pelear contigo y empezar a dirigirte.
Porque cuando entiendes el propósito, la disciplina deja de ser una lucha.
Y el sacrificio deja de doler.
Y entonces aparece lo único que funciona:
la acción tranquila, diaria, casi aburrida…
pero imparable.
Mi mensaje para ti hoy es este:
no te aprietes el cuello para llegar.
Aprende a caminar distinto.
Y llegarás sin darte cuenta y con una sombra completamente distinta.
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