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El acertijo del tiempo - Final

Sales en bici.

Las ruedas muerden el asfalto mojado.

La noche te recibe con frío y una mezcla densa de niebla y lluvia que te empapa la cara.

Te olvidaste las gafas.

Entornas los ojos.

Sigues adelante.

La ciudad se repliega tras de ti mientras pedaleas hacia las afueras.

Notas algo extraño.

Las calles no están como siempre. No las ves como siempre.

Algunas parecen más antiguas, otras vacías de signos de vida moderna.

Miras tu reloj… sigue marcando las 21:45. La hora a la que saliste de casa.

Abandonando esa maldita pizza en la encimera.

El GPS no recibe señal.

No importa.

Sigues.

Doblas una esquina y te encuentras con la cafetería donde solías parar antes de las rutas largas, años atrás, cuando salías casi todos los días.

Está cerrada, como siempre a estas horas, pero en la puerta llama tu atención un papel pegado con cinta.

Te acercas.

Es la carta.

Una igual que la que apareció bajo tu puerta.

La abres:

“Llámalo” - pone escrito.

Doblas la carta y te la guardas en el bolsillo trasero de la chaqueta. Levantas la cabeza y tu reflejo en el cristal te golpea de frente.

Ves tu rostro.

Más viejo.

Más cansado.

Con una mirada apagada que parece no reconocerte.

Parpadeas.

¿Quién eres? - te preguntas.

Vuelves a la bici.

No sabes el tiempo que llevas pedaleando, parece que todo se ha detenido y sientes que no eres el mismo…

No te cruzas con nadie.

Miras las luces de los edificios que te rodean mientras intentas salir de la ciudad.

Las luces de las ventanas contornean siluetas oscuras, inmóviles… como si te vigilaran a tu paso.

Pedaleas más fuerte hacia el alto de la colina.

Esa curva en la carretera que siempre fue tu lugar.

Donde, después de la subida, te detenías a tomar una barrita, unas sales… y en silencio contemplabas las luces parpadeantes de la ciudad en la distancia.

“El mirador sin nombre”, así te gustaba llamarle.

Donde a veces pasabas horas sin darte cuenta.

Tu chica un día lo bautizó como “el mirador del yo”.

Te gustó.

Recuerdas perfectamente esa tarde.

Llegas a la roca donde te sentabas.

Apoyas la bici y buscas acariciando con los dedos aquello que escribísteis aquel día tallando sobre la piedra:

“Mirador del yo”

Sigue ahí.

Lo puedes leer perfectamente.

Puedes sentir cada hendidura de cada letra con las yemas de los dedos.

Te sientas.

Las luces de la ciudad están ahí abajo.

El viento mueve los árboles y la lluvia ya no molesta.

No son las mismas luces.

Son más débiles, parecen de otra época.

Sientes como si el tiempo se doblase en el aire frío.

Como si cada gota de lluvia cayera a cámara lenta.

Desde ahí parece que la ciudad esté suspendida en un momento distinto.

Te sientes bien.

Pero sabes que tu vida no está bien.

Hace tiempo que dejó de estar bien.

Te cuesta conectar las ideas, encontrar los recuerdos que justifiquen quien eres y por qué… y sin embargo, al mismo tiempo, sentado ahí, te sientes en casa.

Te echas la mano al bolsillo trasero y sacas la carta.

“Llámalo”

Sujetas la carta con las dos manos unos segundos.

Sueltas la mano derecha para acariciar la roca: “Mirador del yo”

  • Mirador del yo - Susurras…

Sacas el teléfono.

Lo miras.

Sigue marcando la misma hora: 21:45

Bloqueas la pantalla.

Puedes verte en el reflejo.

¿Cómo has llegado a esto?

Te ves 20 años mayor, desgastado, débil, descuidado…

Pero estás en tu roca, la misma con la que tantas veces compartiste tus pensamientos.

Te sientes en paz. Sereno. Libre.

Has vuelto a montar en bici.

Sigues mirando tu reflejo en la pantalla y acariciando la roca mientras piensas en el mensaje:

“Llámalo”

¿Será?

Lo intentas.

Marcas tu número.

Da tono.

  • ¿Sí? - Contestan al otro lado - ¿Hola?

Silencio.

Cuelgas.

El corazón se te acelera… era tu voz. Más joven.. de otra época.

Subes a la bici y pedaleas tan fuerte como puedes bajando de nuevo a la ciudad.

La ciudad sigue inmutable.

En un equilibrio invisible donde nada se oye, nada huele, nada suena.

Bajas piñones.

Aprietas los dientes.

Hacía mucho que no te sentías tan bien.

Llegas a tu casa.

Miras tu apartamento desde la calle.

Ahí estás.

Tu yo de dentro, 20 años más joven, con la carta en la mano y la pizza en la encimera.

El teléfono sigue sonando en el interior.

Pero esta vez hay un detalle que no habías visto hasta ahora.

Sobre la mesa, junto a la carta, hay más sobres apilados.

Montones.

Cada uno con fechas escritas.

2017. 2019. 2021. 2024…

Miras tu reloj desde dentro de la habitación.

21:45.

Y entiendes que no ha sido solo esta noche.

Son todos los días en los que elegiste no salir.

Notas el móvil temblar en tu mano.

La llamada sigue activa.

Esta vez contestas.

Y escuchas tu propia voz. Mucho más joven que la primera vez. Más viva.

—Soy yo —dice— El que sí salió.

Te quedas inmóvil.

Miras por la ventana desde dentro y te ves allí abajo, con tu bici de siempre, unos años mayor, mirándote fijamente con el teléfono en la mano derecha.

Y entiendes.

Cada vez que no diste el paso, cada vez que te abandonaste, cada vez que aplazaste… alguien te llamó.

Un tú futuro diferente cada vez.

Un bucle que has vivido decenas de veces y que volverá a repetirse hasta que tomes la única decisión que lo rompa.

Os miráis.

Desde fuera, desde la calle le dices a tu yo del presente:

  • Cada vez que decides quedarte creas éste bucle y me atrapas en él.
  • No lo entiendo - respondes desde dentro mirando por la ventana.
  • No puedo ser libre si no te liberas.
  • ¿Y cada vez que decida quedarme cambio mi futuro?
  • Cada vez que decidas quedarte me obligarás a volver...

Silencio.

Ambos os quedáis quietos.

Solo la lluvia entre la ventana y tú.

Desde fuera, tú —el que está con la bici— respiras hondo.

  • Es sencillo —dices—. Si te levantas, si sales ahora... me liberas. Nos liberas a los dos.

Dentro, tu yo más joven duda. Mira la pizza. Mira la carta.

Mira el teléfono.

  • ¿Y si no salgo? —pregunta.

Tú, desde la calle, lo sabes.

  • Entonces mañana, o dentro de cinco o diez años, volverás a oír mi voz llamándote. Desde otra ventana. Desde otra vida.

El tú de dentro respira profundo y gira la mirada.

Y te das cuenta de que no hay una sola versión de ti esperando.

En todas las calles vacías que te rodean, hay cientos de tús.

Cada uno mirando su propia ventana.

Cada uno atrapado en su propio bucle.

En su propia línea temporal de lo que es y podría ser.

Y entiendes que no eres el único.

Es la condición de todos.

Pero tú esa noche, has tenido la suerte que el tiempo se detuvo para que pudieras recibir un mensaje, para que pudieras reflexionar un instante, y quizá, cambiar algo.

Vuelves a mirar a tu yo futuro en la calle, con la bici.

Que sostiene la mirada esperando una respuesta.

La llamada se corta.

El reloj avanza.

21:46.

Puedes ver desde la calle como la luz del apartamento se apaga.

Tu yo del pasado ha roto el bucle y cambiado la línea temporal.

Eres libre y pedaleas de vuelta calle abajo mientras te desvaneces, sabiendo que hoy todo está bien pero que quizá, otro tú de otro futuro, tenga que volver en algún momento, a esa misma noche.

A veces no es solo tu vida la que estás retrasando. Es la de todas tus posibles versiones.

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