Día mundial de la bicicleta.
Hoy se celebra el día de mi obsesión.
Y hoy me regalo ración doble o triple de mi droga… un día es un día.
Dicen que todo en exceso es malo.
Para mi es peor la escasez.
Sobre todo la escasez de cosas que te hacen feliz.
Las cosas que te obsesionan.
Ayer escuché a un periodista muy conocido decir que la bicicleta era muy aburrida.
La bicicleta como deporte.
Muy dura y muy aburrida.
Y yo no me la quito de la cabeza desde que aprendí a mantener el equilibrio con mi padre haciendo que me sujetaba la bici en Colmenar Viejo hace más de 40 años.
Ayer, después de escuchar eso —que la bici era aburrida— me quedé tan descolocado que me fui a dormir con el casco puesto.
Por si acaso soñaba en bajada.
Y soñé, claro.
Soñé que vivía en un mundo donde estaba prohibido obsesionarse.
Una especie de dictadura emocional donde solo podías hacer cada cosa una vez al mes.
Un paseo en bici: cada 30 días.
Una canción favorita: una escucha cada trimestre.
Un abrazo a tu padre: uno por estación.
Y si repetías, te mandaban a un centro de reeducación donde te enseñaban a disfrutar con moderación.
Te daban cucharitas diminutas para comer helado.
Cronómetros para limitar las carcajadas.
Y bicicletas estáticas, sin destino, para que no cayeras en el vicio de la aventura.
Me harté de ese lugar dentro de mi sueño y me escapé.
Pedaleando sin cadena, cuesta arriba y cantando a voz en grito.
Cosas de sueños.
Y me encontré a un tipo en medio del camino.
Con la mano en alto.
Dando el alto.
“El exceso de pasión solo es un problema para los que no la sienten.”
Me gritó.
Muy bien. Bien dicho señor desconocido...
¿Puedo seguir?
Siga usted.
Yo a lo mío.
Pues hoy, que celebro el día mundial de mi obsesión, derrapo por todos los que pedalean dónde sea que estén, por los que repiten lo que les hace felices hasta desgastarlo, por los que no entienden la vida sin bici.
Si vas a hincharte de algo... que sea de entusiasmo.
Feliz día mundial de la bici.
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